Juventud y Movimientos Sociales
La máxima de que muchas pequeñas gentes, desde pequeños lugares, haciendo pequeñas cosas, pueden cambiar el mundo ha guiado la trayectoria de los jóvenes de la FRAVM en su particular pelea contra la ausencia de espacios y centros sociales para el desarrollo cultural y comunitario en nuestros barrios y la penalización de cualquier disidencia legítima ante el actual estado de cosas
Han pasado ya algunos años desde que un grupo de jóvenes irrumpiera en la FRAVM enarbolando un bando que anunciaba que “el paro, la precariedad laboral, el trabajo a destajo y la falta de tiempo libre; los alquileres abusivos y la imposibilidad de acceder a una vivienda digna; la falta de espacios y centros sociales para el desarrollo cultural y comunitario en nuestros barrios [...]; la carestía de la enseñanza y su deficiente nivel; la represión y criminalización de cualquier disidencia legítima ante el actual estado de cosas [...] tienen solución”. Semejante “desvarío” nace de la fe en que las consecuencias cotidianas de la globalización capitalista tienen que ser frenadas desde lo local, creando barrios vivos con comunidades conscientes y orgullosas de defenderlos. Desde entonces, la máxima de la comisión de jóvenes ha girado en torno a la idea de que muchas pequeñas gentes, desde pequeños lugares, haciendo pequeñas cosas, pueden cambiar el mundo.
Lo suyo es enredar. Seguir enredando gentes, voces, proyectos y experiencias en torno a su particular apuesta frente a la tensión dialéctica global/local que rige hoy el cuaderno de bitácora del movimiento ciudadano. Los jóvenes están radicados en centros sociales, hacklabs… de los barrios de Madrid como territorio de intervención, porque es allí donde se manifiestan muchos de los fenómenos del “lado oscuro” de la globalización (especulación urbanística, privatización de los servicios públicos, creciente exclusión social, precarización de las condiciones laborales, desaparición de los espacios públicos, sobreexplotación del medioambiente, monopolización de los medios de comunicación y el conocimiento... ) y es allí donde conviven quienes pueden (re)construir comunidades entendidas no como un objetivo mítico primigenio, sino como ese espacio y tiempo de la vida cotidiana donde compartimos lazos de vecindad, una memoria colectiva, el sentido de pertenencia a un grupo, la identificación con símbolos, personajes y un territorio concreto que condiciona nuestras condiciones de vida y determina, por tanto, intereses compartidos.
A diferencia quizás de los “mayores”, los jóvenes hacen un uso experimental e intensivo de las nuevas tecnologías para superar fronteras geográficas y extender su incipiente red de personas y colectivos. Les diferencian también lenguajes, gestos, herramientas, referencias, experiencias... pero comparten lo fundamental: puntos de anclaje en los proyectos. Así, aspiran a articular de forma constructiva las diferencias y a potenciar la herencia de los más de treinta años de trabajo de los mayores para consolidar un movimiento vecinal integrador, participativo, responsable, plural y concienciado, capaz de construir ese Madrid humano, sostenible y habitable tan alejado del paisaje actual.